Pajaros, parte 1

La noche respiraba vapor. Se congelaban las hojas mojadas que se acumulaban en los costados de las veredas, y se generaban pequeñas posas de agua allí donde la lluvia había encontrado un lugar propicio para ver otro día aparecer.

Los vehículos que se estacionaban junto a la calzada dejaban salir grandes nubes de vapor desde su interior al abrirse las puertas por donde salían sus ocupantes. Y estos al ser conscientes del frío en que se veían de pronto inmersos, corrían hacia el destino que tuviesen, esperando encontrar en estos un refugio ante tal gélido clima.

Las noches de abril no siempre fueron así en aquel país. No hace tanto tiempo atrás se podía salir sin problemas a esas horas, y caminar sin que el frío cortara la respiración. La vida continuaba en la noche de manera ininterrumpida, en ese entonces los pobladores se abrigaban solo con un chaleco o un polerón, a lo más acompañado por una bufanda. Pero todo eso había cambiado de la noche a la mañana, cuando desde el mar llego un viento nuevo, uno que traería consigo temperaturas tan bajas que puso al poblado de cabeza de un momento a otro. Los primero que vieron los efectos de este nuevo viento fueron los picaflores del prado, unas aves pequeñas que frecuentaban aglutinarse entre las copas de los árboles bajos que crecían en la rivera del rio Aguarrás, muy cercano al mar.

De la noche a la mañana habían fallecido más de la mitad de los picaflores de la rivera. Y al día siguiente, los picaflores habían desaparecido del costado del rio. Algunos soñadores, y amantes de las aves, habían proclamado a los cuatro vientos que habían salido de sus hogares al escuchar el sonido del trinar de pájaros a altas horas de la madrugada, logrando ver la emigración lenta y triste de los picaflores hacia un destino desconocido. Nadie tuvo el corazón de decirle aquellos ilusos, que los picaflores restantes fueron hallados flotando sobre las aguas de la playa del Tatahual.

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